"Si pudiera comenzar a construir el mapa que fue y continúa aún configurándome en esa diversidad de cuerpos, rostros y miradas que me conforman, a las cuales me sujeto y de los cuales me diferencio". En este tejido de multiplicidades de afectos y pasiones, de fugas clandestinas y viajeros nomádicos, esquizoides sin rumbos y desterritorializaciones. En esa cartografía de trazos móviles, convergentes y divergentes, se impregnan múltiples exilios que enraízan mi ser migrante o extranjero, mi vivir entre mundos de muchos mundos, aquí y allá simultáneamente, adentro y afuera, en el centro y la periferia.

Mi morada sería un no lugar, espacio de espacios o microparticulas diseminadas en muchos corazones de almas circundantes.

¿De donde soy?

¿Hacia donde voy?

¿De donde vengo?

Trazar un itinerario de experiencias, mostrar un ensayo sobre Cultura e Identidad como un viaje que se va transitando en líneas que se conectan con multiplicidades de cuerpos y experiencias que resuenan todas juntas en el claxon de este texto, o tejido de historias y emociones, de testimonios que reviven en un eterno retorno. El testimonio va reuniendo experiencias, pensamientos, enunciaciones, pasiones tristes y alegres. Otra forma de crear y de trabajar con el registro testimonial y anecdótico como relato vivo que cada cual que atraviese este camino construirá y se afectará a su manera.

Mi viaje comienza así…

Las raíces del corazón y la mente no son cadenas que impidan el viaje. Son señales del encuentro, guías para transitar los senderos, construir los caminos, realizar la travesía.

Vine en un barco "Principessa Mafalda" en 1927 escapando clandestinamente  del fascismo que pretendió encerrar a la diversidad en su "Anillo de Hierro"  buscando inyectar su artefacto retórico como una aguja hipodérmica que busca tejido. Discurso totalitario, representante de una imagen dogmática del "deber-ser". Muchos como yo pudimos anticipar esa caprichosa idea de verdad que quiso imponerse bajo un régimen de signos despótico y nihilista. Mirando su accionar tomando la comprensión biopolítica, es decir, el totalitarismo como intervención radical de la política en la vida donde la vida se constituye como el objeto de su administración, no vimos más que intenciones de borrar la distinción entre las esferas de la existencia. No solamente entre vida privada/vida pública, sino además entre política, sociedad, economía y cultura mediante una maquinaria donde se operacionalizaba la destitución de sus sentidos respectivos y de la fuerza de sus interacciones. La naturalización generalizada del dominio uniforme y aplastante de la política apolítica, acrílica, post-ilustrada y perversa puso un freno a la libertad de cada una de las esferas de la vida que nos constituyen como sujetos. De repente me di cuenta que el tormento llegó al punto de que ya ni siquiera se podían ver entre ellas, como si fueran victimas de un abrazo interminable, puestas hacia las espaldas de cada una. El totalitarismo iba  hacia el sujeto para "dividir y conquistar". El pensamiento debía ser bloqueado  y tal imposición vuelvió completamente extraña la relación entre los miembros en una sociedad totalitaria. Las categorías para pensar a aquel con quien me relaciono se infectaron con un veneno imperativo, inflexible. La autonomía de los criterios y la validez profundamente empírica de sus aplicaciones fueron arrasados por un mandato claro: éste es amigo, éste es enemigo. Y la debilidad subjetiva producida por las condiciones materiales y espirituales totalizadas, mediadas completamente por la ideología (del progreso, del capital, de la historia, de la vida) era la garantía de que seria un mandato obedecido a la vez que percibido como decisión, como opción por el líder en su difuminada aparición, como convicción que hace ser parte de la comunidad.NuevaMayoría.com
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Yo me llamo Domenico, originariamente soy  de la Campaña italiana, hoy soy de muchos lugares…

 Un 25 de Octubre de 1927   zarpé de Génova a borde del Mafalda. El Principessa Mafalda fue la gran nave de su tiempo, única capaz de unir Italia con Argentina en catorce días.  Fue construido en 1908  y bautizado en homenaje a la princesa italiana Mafalda de Saboya, nacida en 1902, hija del Rey Víctor Manuel III y de la Reina Elena.

El Principessa Mafalda era un veterano de los muelles porteños, en ese entonces llevaba 19 años uniendo las costas ligures con las platenses. Desde 1924 la nave estaba a las órdenes del capitán Simón Guli, todo un viejo lobo de mar a los 55 años de edad. Se había iniciado casi de niño allá por 1887, cruzando el Atlántico en buques de vela que tardaban cuatro meses en llegar a Buenos Aires. Guli preparaba la inminente travesía, cuya partida estaba fijada para el 11 de octubre hacia el mediodía, con cierta preocupación; puesto que las máquinas del Mafalda no se portaban muy bien, y los arreglos dispuestos y ejecutados no terminaban de convencerlo.

Para nosotros inmigrantes el viaje comenzaba en el momento en que partíamos de nuestro pueblo natal para dirigirnos a  los puertos. La partida solía ser un acontecimiento colectivo, en el que todos eran protagonistas grupos de parientes y paisanos.

Yo fui uno de esos pasajeros que no pasamos por la boletería. Con mis apenas 21 años necesitaba escaparme del Duce. En el sur italiano éramos muy pobres. Marginados y hambrientos de alimentos y educación. Decidí embarcarme para "Hacer la América". Desde adolescente, estuve atento a las conversaciones de muchos gringos cuando planificaban hacerle frente al sistema. Muchos de ellos se habían ido  y pudieron ayudar a sus familiaS. Yo sabía que una guerra estaba por suceder… Y me juré escapar como sea.

La mañana de la partida ascendieron por la planchada  pasajeros de primera  y segunda clase la mayoría con destino a Buenos Aires. A ello se sumaba un pequeño hormiguero de más de 800 pasajeros de tercera, casi todos inmigrantes, la mayoría con destino a la capital argentina, buena parte de los cuales pertenecían al tipo "golondrina" que llegaba para levantar la cosecha, juntar unos pesos y volver a la patria. Clandestinos como yo había muchos, pero era difícil poder identificarlos.

        Así llegó y pasó el mediodía del 11 de octubre, sel "Mafalda" dejara los muelles genoveses. Con diversas excusas los oficiales calmaron la impaciencia del pasaje, mientras en las entrañas del buque un ejército de mecánicos trabajaba afanosamente para terminar de poner en condiciones las máquinas, que parecían refractarias a toda compostura. Finalmente, al atardecer, siendo ya las 18 y con cinco horas de atraso, comenzó el trajín de zarpar.

El comandante Guli tenía orden de navegar a velocidad de crucero corriente, pese a las condiciones del barco. Y, naturalmente, las cosas empezaron a andar mal tan pronto se perdieron de vista las costas ligures. Llegamos con atraso a Barcelona y allá el buque debió detenerse 24 horas para arreglar una bomba. 

Tuve suerte de viajar escondido en la cocina. Era un riesgo andar por los pasillos. Por momentos, la nostalgia me dejaba sin aliento pero mis ideales y la fuerza de los míos que ansiaban con éxito mi desafio hizo que mis ánimos se levantaran.

Gracias a la solidaridad de la tripulación de cocineros, me consiguieron un uniforme, y de pronto era uno más. Podía salir y hasta serví las mesas de la primera clase. Esas 24 horas de espera, eran para mí la gloria de un sueño que recién comenzaba.

Al seguir el viaje, las cosas no mostraron mejoría. Las vibraciones del buque eran anormales, y tan intensas que molestaban permanentemente a los desdichados pasajeros alojados en la popa.

A dos días de Gibraltar, la máquina de babor dejó de funcionar. Guli ordenó detener la nave, que permaneció detenida seis horas mientras los técnicos buscaban solucionar el desperfecto. No lo lograron, y el "Mafalda" siguió viaje con una sola máquina, navegando en esa forma un día entero. a babor. La situación aconsejó al comandante italiano variar el itinerario, y en vez de dirigirse a Dakar, según lo fijado, puso proa al puerto de San Vicente, en las islas del Cabo Verde. A los pasajeros se les explicaba que el cambio de rumbo obedecía a la necesidad de cargar carbón, pero fueron muchos los que comprendieron que eso no pasaba de mera excusa y que algo andaba mal en el "Mafalda". 

            Arreglada la máquina, el "Mafalda" dejó las islas portuguesas y se dirigió a las costas brasileñas, iniciando el cruce atlántico. Las vibraciones seguían; pisos, techos y mamparas trepidaban visiblemente. Las deficiencias se hicieron evidentes a los pasajeros, especialmente a los acostumbrados a navegar. En la primera clase la preocupación fue en aumento, hasta desembocar en la idea de solicitar formalmente al comandante Guli la interrupción del viaje, dirigiéndose al puerto más cercano por falta de seguridad en la nave. Dos o tres pasajeros comenzaron a reunir firmas, pero el asunto no prosperó ante la resistencia de algunos, que consideraron que aquello era un verdadero motín a bordo. Se negaron pues a dar sus nombres para un acto de indisciplina que seguramente crearía enemistades y tensiones. 

 El capitán  estaba seriamente preocupado por lo que ocurría en el cuarto de máquinas. Parecía mentira pero el clima de pánico ya se sentía entre los técnicos, la tripulación y la orquesta de motores. Esa bendita maquinaria de babor se negaba a funcionar bien, y por momentos dejaba de hacerlo en absoluto, haciendo zigzaguear el barco, mientras perdía velocidad. En ese entonces era un alivio para todos saber que estábamos  frente a las costas americanas bordeando las playas brasileñas …

            Atardecía. El hermoso día se desintegraba en un luminoso y tibio fin de jornada. Claro, para quienes no estábamos de paseo la cosa era diferente. Sin embargo mientras todos en la cocina se quejaban de la irritada misión de servir a la Primera Clase, para mí ver un cielo despejado y un espejo marino de cambiantes colores, era la sensación más hermosa que había experimentado. Después del dejo de una guerra y luego de ver del cielo llover lágrimas de plomo, solo la belleza de un mar tropical me bastaba para ganar una sonrisa y sentirme en libertad. En un momento, aproveché el ir y venir de los camareros para infiltrarme a donde estaban los paisanos. Me asomé a las salitas de la tercera clase. De allí escapaban los más alegres coros de inmigrantes, cantando con alegría con acordeones, guitarras y danzas mientras que en los salones de primera la orquesta tocaba aires de elite. Otros pasajeros leían en cubierta, jugaban a las cartas o tomaban una copa en el bar, a la espera de la cena, ya inminente.

          Eran casi las 19 horas cuando un extraño ruido sacudió el barco. La estructura comenzó a estremecerse espasmódicamente y de pronto el "Mafalda" queda detenido en el mar… Estupor general. Los coros callan y la orquesta se detiene en medio de una pieza, los músicos quedan en suspenso, las parejas se separan desconcertadas.  Por un momento nadie habla, todos se interrogan con la mirada. Luego estallan los comentarios, algunos corren a ver que pasa, otros formulan alarmantes preguntas. En los salones de primera aparece rápidamente un oficial explicando serenamente que había surgido un desperfecto en las máquinas que obligó a detener la marcha invitando a los pasajeros a continuar con sus entretenimientos. Los pasajeros obedecen y vuelven a lo suyo. Muchos entran al comedor, dispuestos a diluir la espera con una buena cena. Yo en cambio me destiné a descansar.

                       Por un momento pareció que el daño sería subsanado y todo peligro aventado, pero la enorme presión del agua embarcada pudo más que los esfuerzos de los marinos. Una de las planchas laterales cedió violentamente, como si fuera de cartón, y una avalancha de agua arrastró trabajadores y trabajo, deshaciendo en un segundo la tarea. Un torbellino de furia y espuma comenzó a inundar la sala de máquinas. Nadie iba a imaginar que nos embarcáramos en otro tipo de viaje…

            Anochecía. El aire, que se deslizaba suavemente, se tornaba una brisa cada vez más fuerte. El oleaje, hasta entonces era tranquilo. De repente sombras, viento, gritos, órdenes, silbatos,  botes, salvavidas… pánico.

El buque se hundía muy despacio y los objetos colgados sobre mesas, muebles y anaqueles eran los deícticos que dieron cuenta del suceso…

            Fue un momento en que abrí los ojos y desperté en una pesadilla en vida. Corrí y corrí sin saber a donde ir. Pensé que era el fin de una imposible vuelta a casa. Los botes salvavidas estaban a medio bajar cuando hasta ellos llegó la marea de cientos de inmigrantes. Atropelladamente se arrojaron sobre ellos, tropezando entre si, zambulléndose unos encima de otros, hasta colmar la capacidad de las frágiles embarcaciones más allá del límite de seguridad. Así fue como algunos de esos botes se hicieron pedazos al tocar el agua, cayendo al mar racimos humanos que rápidamente desaparecieron bajo la superficie sumado a que los botes no estaban en óptimas condiciones para un salvataje. 

            Algunos botes se hundían por el peso excesivo causado por el gran número de náufragos o porque algunos saltaban desde la borda del buque directamente a su interior. Muchos hombres, librados únicamente al instinto de conservación, hacían prevalecer su fuerza por sobre las mujeres y los niños. En medio del fragor sonaban disparos de armas de fuego: eran de los que preferían el suicidio a la agonía en el mar.

El gran problema eran los niños porque podían caer el mar o ser desplazados violentamente por los demás pasajeros…

Desperté en Bahía, en las costas del Brasil y allí también naufragué flotando en alta mar en un cajón de madera entre el caos del naufragio y cuerpos que emprendían una desterritorialización definitiva, forzada por los abatares de un cruel destino. Sobreviví gracias a un marinero de un barco rescatista que me sacó del frío y me devolvió la vida.

Llegar a un posible destino era para mí entender que la vida es un encadenamiento polifónico de acontecimientos buenos y malos, de personas buenas y malas que devienen mi ser migrante. En todos hay un poco de mí. La inmigración es una historia (o más bien miles de historias) de pobreza, de familias separadas, de vidas desarraigadas.  A través de proyectar las voces de los y las migrantes se puede empezar a derrumbar los prejuicios racistas y mostrar la humanidad que compartimos.

Fui un viajero nomádico.

Estuve aquí, estuve allí, estuve en el Sur de Argentina…

Del sur emprendí un viaje hacia las tierras vírgenes, allí descubrí una pequeña pampa escondida entre los montes del norte. El viaje fue largo. De pronto los bagones pasaban por un mercado donde la lengua que predominaba era el árabe. Los puestos exhibían pilas de verduras y frutas frescas, sandías, melones, zapallos, tomates, también pescado de río y especias. Cuando el tren se detuvo baje para acercarme a esos puestos. "Arrope de tuna", "miel de caña", "chipaco, tortilla y moroncito. Rosquetes loretanos". Todas esas cosas eran para mi, desconocidaS. Tuve miedo…

Cuando volví al tren, de repente comencé a  escuchar voces que resonaban con ritmos y acentos muy diferentes. Que todos los que viajábamos,  cargábamos con un mundo marcado por la tensión entre nuestra herencia específica y aquellos paisajes culturales potencialmente comunes…

Un par de horas asomé mi cabeza por la ventanilla y leí un cartel que decía Bandera. Recordé que alguien me había mencionado ese lugar y decidí bajar.  Vi gente que para mí era extraña que me observaba como a un forastero. En medio de lo desconocido también encontré gente como yo que venía del otro lado mapa. Por momentos me preguntaba que hacía yo aquí y porque ellos estaban también allí. Las miradas me decían mucho: los fragmenté, los recorrí y comprendí que sus historias eran parecidas a la mía.

Vivir en otra parte, significa estar inmerso en una conversación en la que las diferentes identidades se re-conocen, se intercambian y se mezclan, pero no se desvanecen…

Había muchos extranjeros, sobre todo españoles y algunos italianos. Todos nos encontrábamos en el camino enfrentados a la pérdida de las raíces y al debilitamiento progresivo de la autenticidad migrando hacia un paisaje más basto. De pronto la brecha se fue abriendo a medida que pasaban los días y a medida que los lazos se fortalecían. Nuestro sentido de pertenencia, nuestro lenguaje y los mitos que llevábamos con nosotros permanecían aunque no como orígenes o signos de auntenticidad sino como huellas, voces, recuerdos que al mezclarse con otras historias y  otros episodios producían nuevos encuentros.

Un día desperté temprano para visitar al capataz de un silo. Yo siempre fui agricultor y me habían pasado el dato que necesitaban gente para que trabaje el campo. Hablamos poco, aunque nuestro habla era diferente me di cuenta muy rápidamente que  era un gringo del sur como yo. Su aliento, su piel, el color de sus ojos, su español forzado, cerrado al mejor estilo siciliano de provincia de Messina, sus gestos y su mirada impenetrable me bastaron para darme cuenta.  Cuando me  extendió la mano su mirada se detuvo en mi mano. Vió que una cicatriz recorría mi mano y la recorrió con la palma de su mano como quien recorre  una grieta en la pared…

Comenzó a leer esas líneas…

        De repente se produjo un silencio sepulcral. Sus gestos indicaban algo increíble.

Y volvió al pasado con su mente. Alzó su mirada y se detuvo en mis ojos. Y encontró la misma mirada que naufragaba en el mar entre cuerpos adormecidos, gomones, rescatistas y hambrientas especies marinas.

Su cuerpo comenzó a transpirar mientras su mano apretaba mi brazo… de repente nuestros ojos se impregnaron de lágrimas. Los exiliados de la Patria se reencontraron sin pensarlo, sin imaginarlo, pero anhelando alguna vez poder encontrarse…

Hay una frase de F. Nietzsche que dice algo así como: "Aquello que quieres con tanta intensidad, quiérelo de tal manera que también quieras su eterno retorno". Y la realidad azarosa de la vida produce esos encuentros deseados. Yo emprendí un viaje para escapar de las fuerzas que buscaban negar la existencia. Me desterritorializé y me desarraigué de los míos para poder  afirmar la vida.  Y esta rueda del devenir de mi existencia fue expulsando por selección lo débil y lo reactivo. Contra la voluntad del totalitarismo, yo y los otros que soy pudimos afectarnos  y aumentar nuestra potencia de actuar en busca de nuevas posibilidades de vivir en libertad, en la multiplicidad de las diferencias que conforman nuestros rasgos identitarios.

Este encuentro singular, que nos emocionó tanto y que en su momento fue por un acontecimiento negativo donde hubo muchos sueños que murieron en el mar y  muchas libertades que encontraron el cruel destino de no poder escapar, me di cuenta que hay algo de mí en él. Como así también él encontró algo de él en mí. Hay vida mía en él, y vida suya en mí.

El hombre superior ignora que afirmar no es cargar, uncir, asumir lo que (no) es, sino al contrario desligar, liberar, descargar. No cargar la vida bajo el peso de los valores superiores, incluso los heroicos racionales, sino crear valores nuevos que hagan de la vida lo ligero o lo afirmativo.

Nuestras vidas permanecieron siempre presente hasta el día del juicio final. Pero cuando llegó ese día nuestra luz se apagó pero se encendió en otros cuerpos, en otros corazones…

También soy la encarnación de una vida que adoleció en soledad. Que migró exiliada en busca de posibilidades y encuentros. Que sufrió por las pérdidas, que cargó con el peso de los valores superiores. Que no tuvo posibilidad de hacer su voluntad.

Ese cuerpo cansado un día encontró a otro cuerpo que también desahuciado por el fracaso de su familia quiso emprender un viaje.

Se exiliaron en una morada de infinitas conexiones…

Ellos sabían que el destino era estar juntos… había una fuerza que empujaba hacía adelante, era esa luz. La luz que aquellos migrantes soñadores dejaron para que penetrara en otros cuerpos.

Y de ese eterno retorno donde no es lo mismo lo que vuelve sino lo más afirmativo de la vida, de la unión de esas almas nací yo.

Yo soy la conjunción de esos destinos migrantes, yo también emprendí mi propio viaje y también me exilié en busca de nuevos desafíos. Las pasiones son las que nos motivan y las que van trazando nuestra identidad. Mi identidad de ser lo que soy, un mundo, un barco, un exilio, un sueño, una luz, tierra, mar, todos los otros que participan de mi, esa conjunción de diferencias y  velocidades es lo que deviene en una multiplicidad de cuerpos afectados por la historia.

Se suele pensar en la inmigración como un fenómeno particular del sistema de producción vigente consecuencia de los procesos económicos y de acontecimientos políticos específicos. En todo esto, los migrantes aparecen como los peones en el tablero de ajedrez, piezas que se mueven al antojo del poder de turno para constituirse la materia prima de una obra ajena.

        Lo cierto es que la raza humana jamás ha sido sedentaria. Antes del descubrimiento de la agricultura, las tribus se movían constantemente en búsqueda de plantas y animales para sostenerse. Después, las guerras, la exploración, los desastres naturales, el exilio y un sinfín de razones contribuyeron a la continuación de sus costumbres nómadas en el mundo.

A pesar de esta historia, se puede decir que la migración de hoy es diferente. Primero, porque es en gran parte una migración forzosa. Los ajustes estructurales en los países latinoamericanos previeron explícitamente la relocalización de poblaciones enteras. En un ensayo titulado La gran migración Hans Enzensberger dice: "sólo desde que la historia se convirtió en historia mundial se ha condenado a pueblos enteros, declarándolos superfluos... Las sentencias se dictan en voz alta y se ponen sistemáticamente en práctica, de modo y manera que a nadie le puede quedar la menor duda del destino que le fuera asignado: éxodo o migración, destierro o genocidio".

Otra diferencia entre la migración de hoy y la de antes, es que hoy es producto de una decisión individual, o en todo caso familiar, y no de la tribu o la colectividad. Las grandes migraciones del pasado eran siempre colectivas. Los exilios que narra la Biblia y los acontecidos en la historia son protagonizados por grupos que han tomado conjuntamente la difícil decisión de huir de la injusticia, la miseria, o la represión; o en búsqueda de la tierra prometida.

El carácter colectivo de la migración le daba a los migrantes de antaño muchas ventajas que los migrantes de hoy no tienen. Se conservaba la comunidad para trasplantarla en el nuevo lugar de asentamiento; a pesar de las penurias conservaban su identidad, la solidaridad y el liderazgo como herramientas de supervivencia. Seguían siendo en el exilio, un pueblo.

Los migrantes de la globalización moderna, al contrario, buscan en primer instancia rehacer sus vidas, no la de la comunidad o del pueblo. Salen de sus lugares de origen, expulsados por fuerzas invisibles que se disfrazan de culpas propias. Se van porque "no son productivos", porque no pueden competir, porque carecen de "ventajas comparativas". En lugar de llevar consigo la ira justiciera de los oprimidos, llevan muchas veces una sensación de vergüenza por haber, de alguna manera, fracasado.

Si en el pasado la gente migraba para salirse de un régimen injusto, los migrantes de ahora, al migrar, quedan dentro del mismo sistema mundial que los expulsó de sus hogares.

Otro rasgo particular de la migración de hoy es que con la globalización las fronteras nacionales han adquirido una ambigüedad como atributo principal. La ambigüedad se refleja hasta en la forma física de la frontera.

¿De que sirve esta reflexión y por qué contar las historias de los migrantes?  Si los migrantes son un reflejo del mundo, hay que contar sus historias para ver mejor al mundo.

Mis abuelos, aquellos inmigrantes Domenico y Vincenzo, de los que intenté construir un relato testimonial nunca pudieron cumplir el objetivo de volver a sus casas. Esas dos personas, padres de mis padres a los que yo nunca pude conocer en cuerpo, las conozco por lo que hicieron, por lo que lucharon, por lo que dejaron, por lo que transmitieron a sus hijos, y por todas aquellas cosas que los hacen ser y devenir eternamente  en cada gesto y en cada paso que doy sin rumbo pero lleno de intensidades.

Esto es el principio de una investigación sobre mi Cultura y mi Identidad. Hay mucho por seguir rastreando, encuentros y desencuentros. Espero con ansías que llegue el momento.

El Principessa Mafalda era un veterano de los muelles porteños, en ese entonces llevaba 19 años uniendo las costas ligures con las platenses. Desde 1924 la nave estaba a las órdenes del capitán Simón Guli, todo un viejo lobo de mar a los 55 años de edad. Se había iniciado casi de niño allá por 1887, cruzando el Atlántico en buques de vela que tardaban cuatro meses en llegar a Buenos Aires. Guli preparaba la inminente travesía, cuya partida estaba fijada para el 11 de octubre hacia el mediodía, con cierta preocupación; puesto que las máquinas del Mafalda no se portaban muy bien, y los arreglos dispuestos y ejecutados no terminaban de convencerlo.

Para nosotros inmigrantes el viaje comenzaba en el momento en que partíamos de nuestro pueblo natal para dirigirnos a  los puertos. La partida solía ser un acontecimiento colectivo, en el que todos eran protagonistas grupos de parientes y paisanos.

Yo fui uno de esos pasajeros que no pasamos por la boletería. Con mis apenas 21 años necesitaba escaparme del Duce. En el sur italiano éramos muy pobres. Marginados y hambrientos de alimentos y educación. Decidí embarcarme para "Hacer la América". Desde adolescente, estuve atento a las conversaciones de muchos gringos cuando planificaban hacerle frente al sistema. Muchos de ellos se habían ido  y pudieron ayudar a sus familiaS. Yo sabía que una guerra estaba por suceder… Y me juré escapar como sea.

La mañana de la partida ascendieron por la planchada  pasajeros de primera  y segunda clase la mayoría con destino a Buenos Aires. A ello se sumaba un pequeño hormiguero de más de 800 pasajeros de tercera, casi todos inmigrantes, la mayoría con destino a la capital argentina, buena parte de los cuales pertenecían al tipo "golondrina" que llegaba para levantar la cosecha, juntar unos pesos y volver a la patria. Clandestinos como yo había muchos, pero era difícil poder identificarlos.

        Así llegó y pasó el mediodía del 11 de octubre, sel "Mafalda" dejara los muelles genoveses. Con diversas excusas los oficiales calmaron la impaciencia del pasaje, mientras en las entrañas del buque un ejército de mecánicos trabajaba afanosamente para terminar de poner en condiciones las máquinas, que parecían refractarias a toda compostura. Finalmente, al atardecer, siendo ya las 18 y con cinco horas de atraso, comenzó el trajín de zarpar.

El comandante Guli tenía orden de navegar a velocidad de crucero corriente, pese a las condiciones del barco. Y, naturalmente, las cosas empezaron a andar mal tan pronto se perdieron de vista las costas ligures. Llegamos con atraso a Barcelona y allá el buque debió detenerse 24 horas para arreglar una bomba. 

Tuve suerte de viajar escondido en la cocina. Era un riesgo andar por los pasillos. Por momentos, la nostalgia me dejaba sin aliento pero mis ideales y la fuerza de los míos que ansiaban con éxito mi desafio hizo que mis ánimos se levantaran.

Gracias a la solidaridad de la tripulación de cocineros, me consiguieron un uniforme, y de pronto era uno más. Podía salir y hasta serví las mesas de la primera clase. Esas 24 horas de espera, eran para mí la gloria de un sueño que recién comenzaba.

Al seguir el viaje, las cosas no mostraron mejoría. Las vibraciones del buque eran anormales, y tan intensas que molestaban permanentemente a los desdichados pasajeros alojados en la popa.

A dos días de Gibraltar, la máquina de babor dejó de funcionar. Guli ordenó detener la nave, que permaneció detenida seis horas mientras los técnicos buscaban solucionar el desperfecto. No lo lograron, y el "Mafalda" siguió viaje con una sola máquina, navegando en esa forma un día entero. a babor. La situación aconsejó al comandante italiano variar el itinerario, y en vez de dirigirse a Dakar, según lo fijado, puso proa al puerto de San Vicente, en las islas del Cabo Verde. A los pasajeros se les explicaba que el cambio de rumbo obedecía a la necesidad de cargar carbón, pero fueron muchos los que comprendieron que eso no pasaba de mera excusa y que algo andaba mal en el "Mafalda". 

            Arreglada la máquina, el "Mafalda" dejó las islas portuguesas y se dirigió a las costas brasileñas, iniciando el cruce atlántico. Las vibraciones seguían; pisos, techos y mamparas trepidaban visiblemente. Las deficiencias se hicieron evidentes a los pasajeros, especialmente a los acostumbrados a navegar. En la primera clase la preocupación fue en aumento, hasta desembocar en la idea de solicitar formalmente al comandante Guli la interrupción del viaje, dirigiéndose al puerto más cercano por falta de seguridad en la nave. Dos o tres pasajeros comenzaron a reunir firmas, pero el asunto no prosperó ante la resistencia de algunos, que consideraron que aquello era un verdadero motín a bordo. Se negaron pues a dar sus nombres para un acto de indisciplina que seguramente crearía enemistades y tensiones. 

 El capitán  estaba seriamente preocupado por lo que ocurría en el cuarto de máquinas. Parecía mentira pero el clima de pánico ya se sentía entre los técnicos, la tripulación y la orquesta de motores. Esa bendita maquinaria de babor se negaba a funcionar bien, y por momentos dejaba de hacerlo en absoluto, haciendo zigzaguear el barco, mientras perdía velocidad. En ese entonces era un alivio para todos saber que estábamos  frente a las costas americanas bordeando las playas brasileñas …

            Atardecía. El hermoso día se desintegraba en un luminoso y tibio fin de jornada. Claro, para quienes no estábamos de paseo la cosa era diferente. Sin embargo mientras todos en la cocina se quejaban de la irritada misión de servir a la Primera Clase, para mí ver un cielo despejado y un espejo marino de cambiantes colores, era la sensación más hermosa que había experimentado. Después del dejo de una guerra y luego de ver del cielo llover lágrimas de plomo, solo la belleza de un mar tropical me bastaba para ganar una sonrisa y sentirme en libertad. En un momento, aproveché el ir y venir de los camareros para infiltrarme a donde estaban los paisanos. Me asomé a las salitas de la tercera clase. De allí escapaban los más alegres coros de inmigrantes, cantando con alegría con acordeones, guitarras y danzas mientras que en los salones de primera la orquesta tocaba aires de elite. Otros pasajeros leían en cubierta, jugaban a las cartas o tomaban una copa en el bar, a la espera de la cena, ya inminente.

          Eran casi las 19 horas cuando un extraño ruido sacudió el barco. La estructura comenzó a estremecerse espasmódicamente y de pronto el "Mafalda" queda detenido en el mar… Estupor general. Los coros callan y la orquesta se detiene en medio de una pieza, los músicos quedan en suspenso, las parejas se separan desconcertadas.  Por un momento nadie habla, todos se interrogan con la mirada. Luego estallan los comentarios, algunos corren a ver que pasa, otros formulan alarmantes preguntas. En los salones de primera aparece rápidamente un oficial explicando serenamente que había surgido un desperfecto en las máquinas que obligó a detener la marcha invitando a los pasajeros a continuar con sus entretenimientos. Los pasajeros obedecen y vuelven a lo suyo. Muchos entran al comedor, dispuestos a diluir la espera con una buena cena. Yo en cambio me destiné a descansar.

                       Por un momento pareció que el daño sería subsanado y todo peligro aventado, pero la enorme presión del agua embarcada pudo más que los esfuerzos de los marinos. Una de las planchas laterales cedió violentamente, como si fuera de cartón, y una avalancha de agua arrastró trabajadores y trabajo, deshaciendo en un segundo la tarea. Un torbellino de furia y espuma comenzó a inundar la sala de máquinas. Nadie iba a imaginar que nos embarcáramos en otro tipo de viaje…

            Anochecía. El aire, que se deslizaba suavemente, se tornaba una brisa cada vez más fuerte. El oleaje, hasta entonces era tranquilo. De repente sombras, viento, gritos, órdenes, silbatos,  botes, salvavidas… pánico.

El buque se hundía muy despacio y los objetos colgados sobre mesas, muebles y anaqueles eran los deícticos que dieron cuenta del suceso…

            Fue un momento en que abrí los ojos y desperté en una pesadilla en vida. Corrí y corrí sin saber a donde ir. Pensé que era el fin de una imposible vuelta a casa. Los botes salvavidas estaban a medio bajar cuando hasta ellos llegó la marea de cientos de inmigrantes. Atropelladamente se arrojaron sobre ellos, tropezando entre si, zambulléndose unos encima de otros, hasta colmar la capacidad de las frágiles embarcaciones más allá del límite de seguridad. Así fue como algunos de esos botes se hicieron pedazos al tocar el agua, cayendo al mar racimos humanos que rápidamente desaparecieron bajo la superficie sumado a que los botes no estaban en óptimas condiciones para un salvataje. 

            Algunos botes se hundían por el peso excesivo causado por el gran número de náufragos o porque algunos saltaban desde la borda del buque directamente a su interior. Muchos hombres, librados únicamente al instinto de conservación, hacían prevalecer su fuerza por sobre las mujeres y los niños. En medio del fragor sonaban disparos de armas de fuego: eran de los que preferían el suicidio a la agonía en el mar.

El gran problema eran los niños porque podían caer el mar o ser desplazados violentamente por los demás pasajeros…

Desperté en Bahía, en las costas del Brasil y allí también naufragué flotando en alta mar en un cajón de madera entre el caos del naufragio y cuerpos que emprendían una desterritorialización definitiva, forzada por los abatares de un cruel destino. Sobreviví gracias a un marinero de un barco rescatista que me sacó del frío y me devolvió la vida.

Llegar a un posible destino era para mí entender que la vida es un encadenamiento polifónico de acontecimientos buenos y malos, de personas buenas y malas que devienen mi ser migrante. En todos hay un poco de mí. La inmigración es una historia (o más bien miles de historias) de pobreza, de familias separadas, de vidas desarraigadas.  A través de proyectar las voces de los y las migrantes se puede empezar a derrumbar los prejuicios racistas y mostrar la humanidad que compartimos.

Fui un viajero nomádico.

Estuve aquí, estuve allí, estuve en el Sur de Argentina…

Del sur emprendí un viaje hacia las tierras vírgenes, allí descubrí una pequeña pampa escondida entre los montes del norte. El viaje fue largo. De pronto los bagones pasaban por un mercado donde la lengua que predominaba era el árabe. Los puestos exhibían pilas de verduras y frutas frescas, sandías, melones, zapallos, tomates, también pescado de río y especias. Cuando el tren se detuvo baje para acercarme a esos puestos. "Arrope de tuna", "miel de caña", "chipaco, tortilla y moroncito. Rosquetes loretanos". Todas esas cosas eran para mi, desconocidaS. Tuve miedo…

Cuando volví al tren, de repente comencé a  escuchar voces que resonaban con ritmos y acentos muy diferentes. Que todos los que viajábamos,  cargábamos con un mundo marcado por la tensión entre nuestra herencia específica y aquellos paisajes culturales potencialmente comunes…

Un par de horas asomé mi cabeza por la ventanilla y leí un cartel que decía Bandera. Recordé que alguien me había mencionado ese lugar y decidí bajar.  Vi gente que para mí era extraña que me observaba como a un forastero. En medio de lo desconocido también encontré gente como yo que venía del otro lado mapa. Por momentos me preguntaba que hacía yo aquí y porque ellos estaban también allí. Las miradas me decían mucho: los fragmenté, los recorrí y comprendí que sus historias eran parecidas a la mía.

Vivir en otra parte, significa estar inmerso en una conversación en la que las diferentes identidades se re-conocen, se intercambian y se mezclan, pero no se desvanecen…

Había muchos extranjeros, sobre todo españoles y algunos italianos. Todos nos encontrábamos en el camino enfrentados a la pérdida de las raíces y al debilitamiento progresivo de la autenticidad migrando hacia un paisaje más basto. De pronto la brecha se fue abriendo a medida que pasaban los días y a medida que los lazos se fortalecían. Nuestro sentido de pertenencia, nuestro lenguaje y los mitos que llevábamos con nosotros permanecían aunque no como orígenes o signos de auntenticidad sino como huellas, voces, recuerdos que al mezclarse con otras historias y  otros episodios producían nuevos encuentros.

Un día desperté temprano para visitar al capataz de un silo. Yo siempre fui agricultor y me habían pasado el dato que necesitaban gente para que trabaje el campo. Hablamos poco, aunque nuestro habla era diferente me di cuenta muy rápidamente que  era un gringo del sur como yo. Su aliento, su piel, el color de sus ojos, su español forzado, cerrado al mejor estilo siciliano de provincia de Messina, sus gestos y su mirada impenetrable me bastaron para darme cuenta.  Cuando me  extendió la mano su mirada se detuvo en mi mano. Vió que una cicatriz recorría mi mano y la recorrió con la palma de su mano como quien recorre  una grieta en la pared…

Comenzó a leer esas líneas…

        De repente se produjo un silencio sepulcral. Sus gestos indicaban algo increíble.

Y volvió al pasado con su mente. Alzó su mirada y se detuvo en mis ojos. Y encontró la misma mirada que naufragaba en el mar entre cuerpos adormecidos, gomones, rescatistas y hambrientas especies marinas.

Su cuerpo comenzó a transpirar mientras su mano apretaba mi brazo… de repente nuestros ojos se impregnaron de lágrimas. Los exiliados de la Patria se reencontraron sin pensarlo, sin imaginarlo, pero anhelando alguna vez poder encontrarse…

Hay una frase de F. Nietzsche que dice algo así como: "Aquello que quieres con tanta intensidad, quiérelo de tal manera que también quieras su eterno retorno". Y la realidad azarosa de la vida produce esos encuentros deseados. Yo emprendí un viaje para escapar de las fuerzas que buscaban negar la existencia. Me desterritorializé y me desarraigué de los míos para poder  afirmar la vida.  Y esta rueda del devenir de mi existencia fue expulsando por selección lo débil y lo reactivo. Contra la voluntad del totalitarismo, yo y los otros que soy pudimos afectarnos  y aumentar nuestra potencia de actuar en busca de nuevas posibilidades de vivir en libertad, en la multiplicidad de las diferencias que conforman nuestros rasgos identitarios.

Este encuentro singular, que nos emocionó tanto y que en su momento fue por un acontecimiento negativo donde hubo muchos sueños que murieron en el mar y  muchas libertades que encontraron el cruel destino de no poder escapar, me di cuenta que hay algo de mí en él. Como así también él encontró algo de él en mí. Hay vida mía en él, y vida suya en mí.

El hombre superior ignora que afirmar no es cargar, uncir, asumir lo que (no) es, sino al contrario desligar, liberar, descargar. No cargar la vida bajo el peso de los valores superiores, incluso los heroicos racionales, sino crear valores nuevos que hagan de la vida lo ligero o lo afirmativo.

Nuestras vidas permanecieron siempre presente hasta el día del juicio final. Pero cuando llegó ese día nuestra luz se apagó pero se encendió en otros cuerpos, en otros corazones…

También soy la encarnación de una vida que adoleció en soledad. Que migró exiliada en busca de posibilidades y encuentros. Que sufrió por las pérdidas, que cargó con el peso de los valores superiores. Que no tuvo posibilidad de hacer su voluntad.

Ese cuerpo cansado un día encontró a otro cuerpo que también desahuciado por el fracaso de su familia quiso emprender un viaje.

Se exiliaron en una morada de infinitas conexiones…