En esas lluviosas noches de otoño, aunque hayamos estado lejos o cerca, lo quisiéramos o no, Santa Fe se infiltró de alguna forma y nos inundó el alma.

Esa fe que despierta a quienes sin saberlo viven desesperanzados y no aceptan otra cosa que la mala noticia. La fe que mueve montañas para emocionar al insensible, para certificarle al incrédulo, para animar al inseguro. La fe que llega para mostrar lo que no quisimos ver.

Aquellos que aún no logramos salvar al mundo nos acercamos, en cuerpo o espíritu, para ayudar a salvar, por lo menos, el mundo que constituye cada pequeña y despojada vida humana. Quizás nuestras culpas sean también arrastradas por el río que tan solo buscó llegar al mar, como todos nosotros. Quizás nuestras cargas inútiles se pudran junto con todo aquello perecedero, que se hunde para dejar en alto un alma inmaculada.

Allí, emergiendo entre las aguas, en los techos de las casas, y por encima de las posesiones materiales -como siempre debió ser- estaban las personas que en la soledad de la noche sobre el río, se hallaron en la inquietante situación de ser sin tener, descubriendo lo que verdaderamente obtuvieron de la vida luego de décadas de trabajo: su propio ser, lleno de falencias y virtudes. (...)

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